Técnicas para generar ideas. La escritura automática

Es una técnica muy usada por André Breton y los surrealistas en la primera mitad del siglo XX. Consiste en ponerse a escribir dejando fluir la conciencia, sin pensar en lo que se escribe. Hay que hacerlo deprisa, sin releer y sin autocorregirse. No tenemos que pensar en que haya coherencia ni cohesión. En un principio puede que nos distraigamos y se nos vaya el pensamiento a cosas concretas, pero es necesario dejar volar la imaginación y la mente. Al principio costará un poco, pero después, es posible escribir más tiempo de manera más fácil. Cuando uno ya ha escrito lo que crea suficiente ha de parar y comprobar qué se ha hecho. Al releerlo pueden salir argumentos para nuestros relatos, ideas, frases con sentido estético, ideas interesantes, etc.

También hay autores que incorporan esta técnica a sus obras o tratan de imaginar el fluir de la conciencia de su personaje, es de decir, cómo serían sus pensamientos. Ejemplos de este tipo encontramos en el Ulises de James Joyce, en Tiempo de silencio de Luis Martín Santos o en El corazón helado de Almudena Grandes.

Texto 1

[…] estábamos tumbados entre los rododendros en Howth Head con su traje gris tweed y su sombrero de paja yo le hice que se me declarara sí primero le di el pedazo de galleta de anís sacándomelo de la boca y era año bisiesto como ahora sí hace 16 años Dios mío después de ese beso largo casi perdí el aliento sí dijo que yo era una flor de la montaña sí eso somos todas flores un cuerpo de mujer sí ésa fue la única verdad que dijo en su vida y el sol brilla para ti hoy sí eso fue lo que me gustó porque vi que entendía o sentía lo que es una mujer y yo sabía que siempre haría de él lo que quisiera y le di todo el gusto que pude animándole hasta que me lo pidió para decir sí y al principio yo no quise contestar sólo miré a lo lejos al mar y al cielo estaba pensando en tantas cosas que él no sabía que Mulvey y el señor Stanhope y Hester y papá y el viejo capitán Groves y los marineros jugando a los pájaros volando y a la pídola como lo llamaban ellos en el muelle y el centinela delante de la casa del gobernador con la cosa alrededor del casco blando pobre diablo medio asado y las chicas españolas riéndose con sus mantillas y sus peinetas altas y las subastas por la mañana los griegos y los judíos y los árabes y no sé quién demonios más de todos los extremos de Europa y Duke Street y el mercado de aves todas cacareando junto a Larby Sharon y los pobres burros resbalando medio dormidos y los vagos con sus capas dormidos a la sombra de las escaleras y las grandes ruedas de los carros de los toros y el viejo castillo de miles de años sí y esos moros tan guapos todos de blanco y los turbantes como reyes pidiéndote que te sentaras en su poco de tienda y Ronda con las viejas ventanas de las posadas ojos atisbando una celosía escondidos para que su amante besara las rejas y las tabernas medio abiertas de noche y las castañuelas y la noche que perdimos el barco en Algeciras el vigilante dando vueltas por ahí sereno con su farol y ah ese tremendo torrente allá en lo hondo ah y el mar el mar carmesí a veces como el fuego y las estupendas puestas de sol y las higueras en los jardines de la Alameda sí y todas esas callejuelas raras y casas rosas y azules y amarillas y las rosaledas y el jazmín y los geranios y los cactus y Gibraltar de niña donde yo era una Flor de la montaña sí cuando me ponía la rosa en el pelo como las chicas andaluzas o me pongo una roja sí y cómo me besó al pie de la muralla mora y yo pensé bueno igual da él que otro y luego le pedí con los ojos que lo volviera a pedir sí y entonces me pidió si quería yo decir sí mi flor de la montaña y primero le rodeé con los brazos sí y le atraje encima de mí para que él me pudiera sentir los pechos todos perfume sí y el corazón le corría como loco y sí dije sí quiero Sí.

Ulises, James Joyce (1922)

Texto 2

Solo aquí, qué bien, me parece que estoy encima de todo. No me puede pasar nada. Yo soy el que paso. Vivo. Vivo. Fuera de tantas preocupaciones, fuera del dinero que tenía que ganar, fuera de la mujer con la que me tenía que casar, fuera de la clientela que tenía que conquistar, fuera de los amigos que me tenían que estimar, fuera del placer que tenía que perseguir, fuera del alcohol que tenía que beber. Si estuvieras así. Manténte ahí. Ahí tienes que estar. Tengo que estar aquí, en esta altura, viendo cómo estoy solo, pero así, en lo alto, mejor que antes, más tranquilo, mucho más tranquilo. No caigas. No tengo que caer. Estoy así bien, tranquilo, no me puede pasar nada, porque lo más que me puede para es seguir así, estando donde quiero estar, tranquilo, viendo todo, tranquilo, estoy bien, estoy bien, estoy muy bien así, no tengo nada que desear.

Tú no la mataste. Estaba muerta. Yo la maté. ¿Por qué? ¿Por qué? Tú no la mataste. Estaba muerta. Yo no la maté. Ya estaba muerta. Yo no la maté. Ya estaba muerta. Yo no fui.

No pensar. No pensar. No pienses. No pienses en nada. Tranquilo, estoy tranquilo. No me pasa nada. Estoy tranquilo así. Me quedo así quieto. Estoy esperando. No tengo que pensar. No me pasa nada. Estoy tranquilo, el tiempo pasa y yo estoy tranquilo porque no pienso en nada. Es cuestión de aprender a no pensar en nada, de fijar la mirada en la pared, de hacer que tú quieras hacer porque tu libertad sigue existiendo también ahora. Eres un ser libre para dibujar cualquier dibujo o bien para hacer una raya cada día que vaya pasando como han hecho otros, y cada siete días una raya más larga, porque eres libre de hacer las rayas todo lo largas que quieras y nadie te lo puede impedir.

Tiempo de silencio, Luis Martín Santos (1962)

Texto 3

Queridísimo hijo de mi corazón, pero a pesar de la caligrafía, muy parecida, antigua también, y femenina, aquella era una cara de mi abuela Teresa, perdóname todo el daño que haya podido hacerte sin querer por todo lo que te he querido, y al principio o lamente, porque la belleza de aquella mujer llama Paloma podía más, por lo que seguiré queriéndote hasta que me muera, y seguía pensando en ella, calculando su edad, su origen los motivos que la habría impulsado a retratare con mi padre en mayo de 1947, los motivos que habría tenido él para guardar aquella foto durante tantos años, e intenta comprenderme, y algún día, cuando seas hombre, y te enamores de una mujer, hasta que me di cuenta de que aquella carta era una despedida, y sufras por amor , y sepas lo que es eso, una despedida tan incompatible con lo que ya sabía de mi padre como una fotografía hecha en París en 1947, perdóname si puedes, perdona a esta pobre mujer que se equivocó al escoger marido, pero si tú te moriste de una tuberculosis ósea, pero no al tener dos hijos a los que siempre querré más que a nada en el mundo, pero si tú no tuviste más hijos que mi padre, ahora no lo entenderás, no puedes entenderlo, pero si esta carta lleva la fecha del 2 de junio de 1937, la fecha de tu muerte, abuela, pero crecerás, te harás mayor, y tendrás tus ideas las mías o las de tu padre, y qué tendrán que ver las ideas con esto, y te darás cuenta de que son mucho más de lo que parecen, mi padre siempre decía que el suyo era muy religioso, de que son una manera de vivir, una manera de enamorarse, de entender el mundo, a la gente, todas las cosas, pero lo único que me contó de su madre era que tocaba el piano […].

El corazón helado, Almudena Grandes (2007)

Otra recomendación es que cada mañana escribas sobre aquello que has soñado la noche anterior (si te acuerdas). Te puede servir como inspiración o punto de partida para tus historias.

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