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Nuestro profesor del Taller de lenguaje científico-técnico, Juan Miguel Campanario, recientemente ha publicado un artículo sobre ganadores del Premio Nobel que vieron rechazados sus artículos relativos a trabajos POR LOS CUALES luego recibieron el susodicho Premio Nobel. Aquí pueden encontrar una nota de prensa que resume el artículo del profesor Camparanio y que de seguro les resultará muy interesante.

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Contra los muros de la ciencia

Investigación. La penicilina, el test de ADN, la resonancia magnética o la vacuna de la hepatitis B fueron descubrimientos despreciados en un primer momento

MIGUEL ÁNGEL CRIADO – MADRID – 16/01/2010 08:00

El primer enemigo que tiene el avance de la ciencia pueden ser los propios científicos. A lo largo del siglo pasado, decenas de investigadores finalmente premiados con el Nobel vieron cómo sus primeros trabajos fueron rechazados por las revistas científicas. Peor aún, algunas de sus ideas eran tan innovadoras que, aunque consiguieron ser publicadas en alguna revista de tercera, la comunidad científica las rodeó de un pesado silencio.

Si Fleming, Mullis, Blumberg, Lauterbur o Ignarro no hubieran insistido en sus investigaciones a pesar del rechazo de colegas y editores de revistas especializadas, la penicilina, el tan omnipresente análisis de ADN, la vacuna contra la hepatitis B, la resonancia magnética o la viagra, respectivamente, no existirían. Todos ellos acabaron siendo premiados con el Nobel por aquellos primeros trabajos que habían sido despreciados por el establishment científico.

“Lo revolucionario siempre provoca problemas”, asegura el profesor del departamento de Física de la Universidad de Alcalá Juan Miguel Campanario. “A veces un hallazgo o una nueva técnica son tan innovadores que chocan contra la ciencia establecida“, explica este profesor que lleva años estudiando la resistencia de la propia comunidad científica a la innovación. En su último trabajo, Campanario recoge casos en los que investigadores que tuvieron muchos problemas para publicar sus artículos acabaron ganando el Premio Nobel por aquellos estudios al cabo de los años.

En su lista hay físicos como el estadounidense Murray Gell-Mann, cuyo trabajo sobre las partículas elementales sentó las bases de buena parte de la física moderna. En 1953, envió un artículo a Physical Review. Los responsables de revisarlo lo rechazaron por considerar extravagantes y poco científicas las expresiones con las que nombró algunos de los conceptos del trabajo. Tuvo que renombrar las curious particles, que había encontrado en el núcleo del átomo, como new unstable particles. Estas nuevas e inestables partículas eran los quark elementales de los que está formada la materia.

Contra las verdades científicas

Pero no se trataba de una mera disputa terminológica. En aquellos años, a muchos expertos aún les costaba asimilar los recientes descubrimientos que mostraban que en el núcleo atómico había otras 100 partículas además de los neutrones y los protones. Gell-Man recibió el Premio Nobel de Física 16 años después por este trabajo.

“Cuando los revisores se encuentran con algo tan nuevo que contradice el paradigma dominante, tienden a pensar que debe estar mal o tener algún error”, explica Campanario. “Y eso que los comités de las revistas y los encargados de revisar los trabajos no son cualesquiera”, aclara. De hecho, los revisores de las revistas especializadas, como Nature o Science, son colegas del autor, expertos en los mismos temas que él.

“Este sistema evita que venga alguien a publicar un trabajo sobre ovnis”, comenta Campanario. Pero “tiene el efecto de fomentar posiciones conservadoras”, añade. El lado bueno es que da solidez a la revista. “Lo malo es que frena el avance científico”, concluye.

Los tres expertos que revisaron un trabajo del químico Thomas Cech sobre las moléculas de ácido ribonucleico (ARN) y su comportamiento como enzimas en 1984 criticaron duramente que usara términos como catálisis o enzima para describir las nuevas funciones del ARN descubiertas por él. A pesar de ir contra algunas ideas bien establecidas entre los biólogos, Cech fue reconocido con el Nobel de Química sólo cinco años después.

¿Esto para qué sirve?

A veces la causa del rechazo es la ceguera del editor de la revista o del revisor del artículo. Formalmente no tienen nada que reprochar al trabajo que les ha enviado algún científico de una universidad perdida. Pero no le ven utilidad a lo que propone en él. El tiempo y la insistencia del autor en esa línea de investigación acaba por poner a cada uno en su sitio.

¿Qué habría sido de la serie de policías forenses CSI si Kary Mullis hubiese desistido cuando las dos revistas científicas más importantes, primero Nature y después Science, rechazaron la investigación que les mandó en 1987? Aquel año, Mullis y su colega K. Fallona escribieron el artículo Síntesís específica de ADN in vitro por medio de la reacción en cadena de la polimerasa. Los editores no le vieron utilidad práctica a un experimento que hoy en día es la técnica más usada, rápida y eficaz de hacer la prueba de ADN. En 1993, le dieron el Nobel.

Pero cinco o seis años esperando el reconocimiento no son muchos, después de todo. Algunos trabajos pasan desapercibidos décadas. Le ocurrió al padre de la resonancia magnética, Paul Lauterbur. En 1973, envió un artículo a Nature sobre su trabajo con la imagen por resonancia magnética. Hasta entonces, la técnica no se había aplicado para fotografiar el cuerpo. Treinta años después, le dieron el Nobel. El caso de Lauterbur muestra la importancia de perseverar. Aunque Nature rechazó su publicación, Lauterbur protestó, insistió en la validez de sus resultados y la revista acabó por publicarlos.

La virtud de perseverar

“Ese fue mi gran error, no luchar contra el rechazo“, explica Herbert Kroemer. Este alemán emigrado a EEUU recibió el Premio Nobel de Física en 2000 por su contribución a las modernas tecnologías ópticas de comunicación. Uno de sus trabajos, donde exponía el principio de la doble heteroestructura láser, fue rechazado por la revista Applied Physics Letters en 1963.

“No recuerdo bien las razones que me dieron para rechazarlo”, rememora Kroemer. Pero, coincidiendo con Campanario, tampoco cree que el rechazo por una publicación sea inusual. “Yo estoy ahí en una excelente compañía”, dice en referencia a los otros premios Nobel.

“Una de las misiones de los colegas que revisan es evitar malos trabajos“, alega en descargo de los revisores. Pero, como señala, “es inevitable que esto provoque el rechazo de los artículos más innovadores, que al principio no son bien entendidos por los revisores, que piensan en términos del saber más convencional”, opina.

Además del rechazo, el profesor Campanario recoge en su trabajo otro posible destino para un artículo arriesgado: el silencio. Algunos de los trabajos sí fueron publicados e, incluso, en revistas de prestigio. Pero, aun así, la comunidad científica no se dio por enterada.

Dos trabajos del físico Allan Cormack publicados entre 1963 y 1964 en el respetado Journal of Applied Phisics sólo habían sido citados siete veces en investigaciones posteriores diez años después. El número de citas por parte de otros colegas es el mejor indicativo de la aceptación y difusión de una innovación. En sus artículos, Cormack hablaba de un nuevo sistema de exploración del cuerpo denominado tomografía axial computerizada, más conocido por sus siglas TAC. A pesar de ser ignorado durante años, la Academia sueca lo premió con el Nobel de Medicina en 1979.

Asunto engorroso

Un aspecto que intriga especialmente al profesor Campanario es el escaso interés que demuestran los filósofos de la ciencia sobre esta resistencia a las ideas más innovadoras. “Son episodios incómodos, desagradables. A los sociólogos y a las revistas científicas no les gusta hablar de ello”, comenta.

Sólo Thomas Kuhn, introductor del concepto de paradigma y autor de La estructura de las revoluciones científicas, estudió este rechazo. Según Campanario, Kuhn explica cómo, ante un cambio radical, sí se levantan resistencias. Le ocurrió a Darwin y a su idea de la evolución, y le sucedió a Einstein cuando, con su teoría de la relatividad, echó por tierra el paradigma newtoniano que había resistido en pie durante más de 200 años.

“Pero Kuhn no habla nada de la ciencia diaria, la de los cambios graduales”, dice Campanario. En algo más que una anécdota, este profesor vio cómo su estudio sobre los Nobel ninguneados era rechazado por cinco revistas hasta que consiguió publicarlo.

Genios que sufrieron el rechazo

Severo ochoa: El bioquímico español también tuvo que vérselas con un revisor quisquilloso. En 1956, envió, junto a su colega Marianne Grunberg-Manago, un trabajo sobre el hallazgo de una enzima clave en el metabolismo. La revista ‘Journal of the American Chemical Society’ no veía su importancia. Ochoa tuvo que argumentar hasta vencer las resistencias de la revista. Por este descubrimiento, que sentó las bases de la biología molecular, Ochoa recibió el Nobel de Medicina en 1959.

Alexander Fleming. Dos décadas en el olvido: El descubridor de la penicilina recordaba el desinterés por su hallazgo: “En 1929, publiqué los resultados […]. Volví a hablar de la penicilina en dos revistas sobre 1936, pero pocos se percataron”. Pasaron casi dos décadas antes de que se empezaran a usar los antibióticos.

Kary Mullis. Rechazado por las grandes: Las dos principales revistas científicas encabezan el listado de las que más rechazan. ‘Nature’ y ‘Science’ tiraron a la papelera un estudio de Kary Mullis que permitía realizar los primeros tests de ADN. Una revista menor, ‘Methods in Enzymology’, sí le vio la importancia.

Rosalyn Yalow. Segunda nobel de medicina: Esta estadounidense vio cómo su trabajo sobre el metabolismo de la insulina era rechazado por ‘Science’. Tras negociar algunos términos, consiguió que apareciera en otra revista en 1956. Veintiún años después, se convertiría en la segunda mujer en obtener el Nobel de Medicina.

Murray Gell-mann. Ni curiosas ni extrañas: Uno de los padres de la física de partículas tuvo que cambiar el nombre dos veces a las que había descubierto y que bautizó como partículas curiosas. El término no gustó a los editores y Gell-Mann las rebautizó como extrañas, pero tampoco coló. Sí aceptaron la idea de inestables.

En: http://www.publico.es/ciencias/285983/muros/ciencia?pagCom=2